Sigue siendo aquel punto de encuentro de la ruralidad, un templo de la amistad donde se invita una copa y se anota en la libreta. Ubicado en el cruce de las Cuatro Bocas del actual departamento entrerriano de San Salvador, está “La Armonía”, el almacén con sus puertas abiertas desde 1916, como cuentan esas letras negras sobre la pared blanca del frente, que sigue siendo un inexpugnable rincón donde las tradiciones camperas aparecen radiantes y resistentes al inexorable avance de la modernidad. Póngase bombachas y boina, que “Mingo” Bon, el bolichero, nos invita a un viaje en el tiempo.



El hombre atiende con una sonrisa a los parroquianos que van llegando en este atardecer, en un lugar tan especial: un rancho a dos aguas, con techo de chapa, que aún conserva la cobertura de paja de los primeros tiempos. Domingo Bon es bolichero desde hace más de 40 años y dice disfrutar —y mucho— de la gente que siempre llega a este sitio único del centro norte de la provincia, inevitable mojón en el cruce de la pavimentada ruta 22, que une a la capital del chamamé, Federal, con la capital del citrus, Concordia, y la ruta 37, un ripio con mucho “serrucho” que, si lo seguimos hacia el sudeste, terminará llevándonos a General Campos. “Mire, estoy detrás de este mostrador desde el 2 de abril de 1982” señala con el tono educado del hombre de campo sobre una fecha eterna para él y para la argentinidad.
Predispuesto a la charla, Mingo prepara el mate y comienza a desgranar la historia del boliche: “Fue un uruguayo que se llamaba Elvio Álvarez. Se vino a trabajar a esta zona y puso el almacén en esa fecha”, nos cuenta, y no hace falta preguntar cuando hablamos de aquel momento estampado para siempre en las paredes. “Según mi padre, el nombre le debe a dos estancias de la zona: La Armonía Grande y La Armonía Chica”, referencias geográficas en los tiempos del monte tupido, del tránsito a caballo, en carro o sulky, de gringos recorriendo leguas de caminos y picadas con los granos o arreando el ganado, de máquinas a vapor para los tiempos de la cosecha, pero siempre haciendo una pasada por el emblemático rancho, una suerte de rosa de los vientos para quienes viven en el terruño y terminan volviendo a las Cuatro Bocas.



Pero sigamos con el relato. “Mi padre me contaba la historia de La Armonía, que comenzó con este joven uruguayo que fue quien construyó el rancho. Un muchacho de 22 o 23 años, con ganas de trabajar. Él lo levantó con paredes de barro y vigas hechas con postes de ñandubay. Tiene la particularidad de que las tijeras son de álamo, una madera bien liviana que sigue estando; son de la época”, nos señala Mingo, mientras la mirada de todos los presentes va hacia el noble techo de paja, al que alguna vez le agregaron chapas en el exterior para protegerlo y prolongar su vida útil. Pronto el bolicho rural cumplirá 110 años, no es poca cosa. A nosotros nos distrae un papel con la oferta permanente de “botas de campo”, colgando de un hilo atado a ese horcón de ñandubay que sostiene desde hace más de un siglo la estructura de este templo bendito.
“Elvio Álvarez estuvo unos cuarenta años, pero se volvió al Uruguay, ya enfermo, y falleció. El boliche permaneció cerrado durante seis o siete años, hasta que volvió a abrir con una familia de apellido Rodríguez, a principios de los años 60”, rememora Mingo, quien conoció el lugar desde muy chico, junto a su progenitor. “Había mucha familia que vivía en el campo; yo acompañaba a mi padre, que en paz descanse, que era vendedor ambulante. Andaba en camioneta, compraba cueros y cerda, y recorría las estancias comerciando, intercambiando. Le gustaba mucho ir a los bares porque siempre decía que ‘en el boliche te enterás cosas que en otro lado no te enterás’. Me acuerdo de la gente llegando a caballo acá, a La Armonía”, evoca esos tiempos lejanos de gurí, mientras corta y convida salame con un tocino delicioso.



Las copas se siguen llenando con la colaboración de Francisco, el nieto de Mingo, en el sobrio mostrador de madera lustrada por tanto uso. Vino, cerveza, Amargo Obrero y alguna ginebra marcan tendencia, al igual que el infaltable fernet con coca. Un banco alto hecho con el asiento de un viejo tractor, un largo asiento sobre una de las paredes, una mesa de plástico, una silla y la mesa de pool completan una estética minimalista de un lugar que se va “tupiendo” en este largo atardecer, ceremonia que se repite todos los días.
“Es la hora de compartir la charla con los amigos”, dice Mingo. La Armonía es como su dueño: un territorio simple donde, como decía su padre, todo se sabe y todos se enteran de lo que está pasando, mientras alguien pide las cartas para un truco y otros le hacen a una partida de pool. Una guitarra, todavía en su funda, nos avisa que más tarde se arma la peña entre estos hombres bien “emboinados”, fieles e incondicionales del templo de Cuatro Bocas.

Pero La Armonía también guarda silencios. No todas las historias se cuentan en voz alta. Algunas quedan flotando en el aire, como el humo o el vapor del mate. Historias que no piden explicación. Como la de Lucio Mondragón, un puestero de estancia inmortalizado por Luis “Pajarito” Silvestri y “Alma de Montiel” que lo recuerdan así:
Se fue a caballo hasta las Cuatro Bocas
y se bajó en lo de Domingo Bon.
Un bar que se llama “La Armonía”
y pidió una copa para el corazón.
Bebió en silencio su trago de caña
y se marchó con la puesta de sol.
Y nunca se lo vio por esos lares,
se perdió en el monte Lucio Mondragón.
Dicen que había vendido sus tierras.
Que a veces los recuerdos también se queman en alcohol.
Fue en un mes de octubre cuando vino llovedor
y había crecido grande el Gualeguay.
Cerca del puente quedó atado un alazán,
pero a su jinete jamás se lo vio.
Desde entonces, cuando alguien nombra a Lucio, el boliche baja la voz. Porque La Armonía no sólo celebra la vida. También sabe acompañar las penas.

Aquel campo
Camionetas 4×4, tractores, autos y algunos caballos atados al alambrado y bajo los fresnos completan el estacionamiento frente al bar y almacén de los Bon. Por estos días —unos cuantos ya— Francisco, el nieto adolescente de Mingo, colabora en el tiempo que le deja libre la escuela y las labores en el campo. “Ya le dije que quiero trabajar con él y seguir el almacén”, nos dice, con los ojos puestos en ese abuelo que hace rato consiente y disfruta de la compañía, de la historia y del futuro que se proyecta en este joven.
Hay que seguir viaje, pero nos quedan imágenes y sensaciones multiplicadas de un sitio diferente que conserva mucho de la Entre Ríos de ayer, como si fuera un museo interactivo, aunque es absoluto presente. Porque La Armonía es mucho más que cualquier otro bar o almacén de los que hemos tenido la oportunidad de conocer recorriendo la geografía entrerriana. Se nota en los rostros de los paisanos que entran, toman la copa y siguen viaje rumbo a sus labores rurales o de regreso al otro hogar, porque esta también es su casa.



Mientras empezamos a retirarnos, detrás del mostrador sencillo y bien lustrado sigue Mingo Bon, un hombre arraigado a las tradiciones, curtido en el buen trato y con una sonrisa permanente, como cuando lo consultamos por la libreta en la que se anotan las copas: “Yo les digo, cuando se están yendo, que ya les anoté el trago, así que van a tener que volver y pagar”, se ríe.
Hasta pronto, nos dice Mingo desde la puerta de “La Armonía”, un testigo en la geografía de Entre Ríos, la otra casa de cada uno de los que viven por la zona, donde una copa celebra el trabajo y la amistad, el encuentro y la vida que pasa y se va casi sin avisar. Es el hogar de Mingo Bon, abierto por un oriental hace 107 años, en esos caminos ásperos transitados por el hombre y su caballo. Un lugar al que ya queremos volver.
Guido Emilio Ruberto




