Un viernes en Crespo puede pasar desapercibido en cualquier lugar de esta pujante ciudad de Entre Ríos, menos en el Barrio Azul. Basta con arrimarse a la calle Yapeyú, seguir el aroma a carne asada y escuchar el murmullo de guitarras, vasos que se elevan para el ritual del brindis y risas estentóreas para saber que allí sucede algo distinto. El humo anuncia que la peña se está armando en el patio de La Guampa, un bar que lleva más de cuarenta años siendo refugio de amigos, escenario de músicos y punto de encuentro obligado para quienes creen que una visita a este templo singular es comparable con una plegaria que se eleva hacia los cielos.
Dentro, las mesas de madera guardan secretos de incontables charlas, partidas de truco y noches que se estiran hasta que se va el último. En las paredes, guampas y bicheríos, trofeos y banderines que cuelgan como testigos mudos, cada una con una historia detrás. Y en el aire, como un eco que atraviesa generaciones, la chamarrita que le compusieron los músicos Ariel Brambilla y Hernán Kranevitter recuerda que “hay lugares en la vida que nos van marcando el rumbo”.
Rumbeando a lo Manga
El anfitrión de todo esto se llama Oscar Alberto Kappes, aunque en Crespo nadie lo nombra de otra forma que no sea Manga. Fanático de River Plate, detrás de la barra se mueve como si estuviera en su propia cocina. “Mis viejos tenían un bar y almacén, lo que antes se llamaba ramos generales. Pero a mí no me gustaba estar atrás del mostrador, me gustaba estar del otro lado, tomando la copa”, cuenta con una sonrisa pícara.
La historia de La Guampa comenzó con un alquiler en otro local, allá por los años ochenta, hasta que en 1992 se instaló definitivamente en la esquina de Yapeyú 354, en pleno corazón del Barrio Azul. “No hay fecha de fundación, por acá estoy desde el 92. Ya son cuatro décadas de bar”, asegura.



El apodo también tiene historia: en los campeonatos de fútbol internos de la empresa donde trabajaba, ocupaba el arco. Sus compañeros lo bautizaron como el arquero brasileño Manga, y el nombre quedó para siempre.
El Barrio Azul, barrio de frontera
Crespo, como otras ciudades y aldeas entrerrianas, está marcada por la herencia de los inmigrantes venidos desde las áridas estepas del Volga en Rusia. Las instituciones, la gastronomía, las costumbres religiosas y hasta la forma de trabajar reflejan esa raíz comunitaria y el apodo de “rusos” es sólo parte del folklore local. Pero en ese entramado prolijo y conservador, el Barrio Azul tiene una impronta distinta. Popular, heterogéneo, mirado desde afuera con cierto recelo, durante años fue considerado “el lugar de lo prohibido”.
Quizás por eso mismo La Guampa creció allí como símbolo de pertenencia y resistencia cultural. Sus paredes pintadas de azul intenso parecen hablar de esa identidad barrial. El que entra lo sabe: no hay distinciones. En ese espacio compartido caben el obrero, el músico, el chacarero, la familia, los jóvenes y los viejos. Lo que manda es la amistad y la copa que circula.
La vida en el bar
El ritmo del bar tiene algo de antiguo y algo de actual. Se abre a las diez de la mañana y funciona hasta el mediodía; después reabre a la tardecita y sigue hasta que se va el último. Los lunes es día de descanso, “como el peluquero”, dice Manga.
La rutina de los parroquianos cambia según la estación: en invierno abundan la ginebra, el whisky y los vermouths; en verano, el porrón de cerveza y el imbatible fernet con coca, que hoy le gana a todas las demás combinaciones. La picada de salame y queso nunca falta, y en el patio del fondo, la parrilla está siempre lista. “Ellos hacen el asado, yo les vendo la bebida”, aclara el dueño.
Las cartas fuertes de la noche son las charlas, el truco por la copa y el ritual de brindar. Si alguien falta el respeto, se va sin escalas. La Guampa tiene sus propias reglas de convivencia, marcadas por el respeto y tener buen humor para pasarla bien.
La peña de los viernes
Pero es el viernes cuando el bar se convierte en otra cosa. Ese día la peña convoca a unas treinta personas, entre hombres, mujeres e hijos. Hay guitarras, cantores, bombos y acordeones. La mesa se alarga hasta donde haga falta y el humo del asado envuelve todo.
Esas noches se parecen a una misa laica: cada uno aporta lo suyo, desde la carne hasta una canción. Los músicos locales han pasado por el bar y lo han tomado como escenario improvisado. En la despedida de fin de año, la celebración incluye a las familias completas, mujeres y niños, como si se tratara de un club de barrio en miniatura.
La Guampa no es un bar exclusivo de hombres. Aquí también ellas tienen su lugar. Algunas llegan con sus parejas, otras con amigas, y algunas solas. Lo saben de memoria: el que no respeta se va.
La música le rinde homenaje al bar La Guampa
Como todo lugar con alma, La Guampa tiene su propia canción. Ariel Brambilla y Hernán Kranevitter compusieron una chamarrita que se convirtió en himno del bar. “Un día salimos y dijimos: este hombre se merece que algún día le escribamos algo”, recuerda Brambilla. La letra estuvo guardada casi diez años en un borrador de la memoria, hasta que un día reapareció.


La grabación reunió a varios músicos de la región —Laureano Abrego, Waldemar Kloster, Hernán y Ariel Brambilla— y se hizo en un estudio de General Ramírez. “Cuando Javito Schmidt la escuchó, enseguida quiso sumarse con su acordeón”, cuenta Ariel.
La chamarrita resume lo que significa el lugar: “Es lo de Oscar, o lo Manga, simplemente bar La Guampa… Un boliche de mi Crespo, bar La Guampa sin igual”. Para los parroquianos habituales, es más que una canción: es un espejo donde se miran y se reconocen sin ponerse colorados.
Memoria y futuro
Manga sabe que los bares, como las personas, tienen destino incierto. A veces se apagan con su dueño y otras encuentran continuadores. “A mis hijos no les gusta el bar. Son de venir, pero no de estar atrás del mostrador. Le tengo fe a un nieto, pero es chico todavía”, dice, con un dejo de nostalgia, recordando que en su juventud solía frecuentar el bar Gadea, templo que cerró hace tiempo pero que está en la memoria de muchos crespenses.
El futuro es una incógnita, pero lo cierto es que La Guampa ya forma parte de la memoria colectiva de Crespo. Para muchos es el bar más viejo que sigue en pie, heredero de aquellos boliches de ramos generales donde se vendía de todo y se armaban tertulias hasta tarde.
Un último brindis por la vida
El frente azul del bar del Barrio Azul, la cornamenta en lo alto, el cartel que da la bienvenida y el interior cargado de guampas, camisetas de River -la firma del uruguayo Rodrigo Mora en una de ellas es una reliquia en el boliche- y recuerdos que hablan por sí solos. Pero lo esencial no está en los objetos, sino en la mística compartida.
Es el Barrio Azul, donde alguna vez la ciudad creyó ver un límite, La Guampa se alzó como un puente que une los mundos. Allí no hay prohibiciones: hay encuentros. No hay tales o cuales: hay amigos. No hay distancias: hay una copa que pasa de mano en mano y un brindis que se repite como un rezo: por la amistad, por el barrio, por la vida. Quizás por eso la chamarrita dice tanta verdad: hay lugares que nos marcan el rumbo. Y en Crespo, entre huellas de inmigrantes y tantas historias nuevas, hay un bar de puertas abiertas bien pintado de azul y con una guampa enorme en su frente. Un lugar con mucha “magia”. Estamos en la calle Yapeyú, no se puede perder.
Guido Emilio Ruberto
Entrevista realizada a Oscar “Manga” Kappes. Con fotos propias y captura de pantalla del video “Un boliche de mi pueblo” de Ariel Brambilla y Hernán Kranevitter.