Fundado hace más de 50 años, el almacén de la familia Medina es clave para las familias del campo de una amplia zona del departamento entrerriano de Villaguay. Allí se abastecen, pero también disfrutan del encuentro con la palabra, de una partida de truco, una copa y de los mejores salames caseros de la región.
Un cartel bien firme nos indica que hemos arribado al almacén fundado por Omar Alcides Medina allá por 1970, en un cruce de caminos en el campo profundo de la provincia, donde todavía quedan algunos paños de intenso verde que recuerdan a la selva de Montiel, casi extinguida. Allí, en Colonia La Mora, en el distrito Lucas Sud 2°, en ese rincón de Entre Ríos donde los límites de Villaguay se acarician con los de San Salvador y Concordia, se levanta un auténtico templo de las tradiciones rurales.



“El almacén comenzó hace 50 años con mi abuelo”, dispara Nicolás, como para iniciar el diálogo. En rigor, la fecha de inicio es en el año 1973. Es el nieto que hoy está al frente de un comercio que es mucho más que un almacén. “Él lo abre, pero se lo da a un muchacho para que lo administre, mientras trabajaba en la estancia La Mora. Cuando se jubiló, retomó el manejo del almacén”, nos cuenta.


Recorrer la inmensidad de los campos en la zona de Lucas Sud 2° y las distancias entre una familia y otra nos da la pauta de la importancia del almacén de los Medina: ese punto de encuentro del hombre y la mujer rural en la Entre Ríos profunda. Así como en los grandes aeropuertos del mundo existe el “meeting point” donde se encuentran los viajeros, en la inmensa soledad del campo el almacén es ese punto de reunión, donde una mesa con el mazo de naipes y una copa en el mostrador esperan la llegada de otros viajeros. Su arribo puede ser en tractor, camioneta, bicicleta o a caballo, al galope corto, con las ropas ajetreadas por el intenso trabajo del día que entra en pausa.
Almacén Medina, dice el cartel con letras rojas, ubicado casi sobre el camino. Al entrar, y en medio de un monte de aguaribay con algunas coníferas a sus espaldas, aparece el edificio: bajo, con techo de paja y chapa en su exterior. Las paredes son bien blancas y unos robustos postes de ñandubay sostienen la galería, donde en verano se arma la movida en este fortín de tradiciones camperas.
Para ingresar hay que tomar algunas precauciones. Las puertas —dos de madera y una de chapa— son un tanto petisas, así que conviene agacharse para entrar a este templo, que no es muy amplio como otras capillas, pero tiene un corazón enorme para recibir a la fiel paisanada, que no espera los domingos para la liturgia: concurre a diario a recibir los sacramentos —vino, cerveza, salame y morcillas de la casa—. Amén.
“El almacén abastece a las familias. Acá, cuando llueve, es muy difícil salir por los caminos en mal estado, así que todos vienen en tractor o a caballo a hacer las compras”. En las estanterías se observa el surtido de alimentos esenciales: harina, fideos, arroz, polenta, aceite, té, café, puré de tomate y mayonesa. Un sector especial contiene una variada oferta de alpargatas.

La estética del lugar no se reconoce en ningún maestro. Varias réplicas sencillas del artista Molina Campos y sus figuras gauchescas, con marcos de madera, engalanan el interior del almacén de los Medina, al igual que el dibujo de un alazán, que le da una singular calidez a uno de los extremos del simpático salón. Por allá, en una suerte de altar tan identitario como nostálgico, el General Perón y su famoso caballo pinto le ponen un sello original a la decoración, justo donde empieza el sector de cuchillos en su vaina, sogas y algunos elementos del recado con que se ensilla al zaino. Todo está a la venta para los fieles clientes del establecimiento. Del otro lado, el que manda es el televisor, prendido en las noches para compartir las noticias y algún partido de fútbol.
Nicolás, el tercero de los Medina, es muy joven. Tiene 21 años y comenzó a atender el negocio ni bien terminó la secundaria, en 2018. “Mi abuelo se había enfermado y luego falleció, hace tres años”, relata. Con la firme determinación y el acompañamiento de su padre, se hicieron algunas remodelaciones, pero sin cambiar la esencia del almacén de campo, para seguir adelante.
“La zona es agropecuaria y hay tambos importantes. En la estancia La Negrita producen leche que se lleva La Serenísima”, nos cuenta. “Hay mucha gente, muchas familias que trabajan. En La Negrita trabajan 30 personas en el tambo solamente”, subraya. Todos esos trabajadores y sus familias tienen el almacén para hacer las compras.



La lluvia de estos días, si bien no fue lo intensa que todos hubiesen querido, fue suficiente como para dificultar la transitabilidad. “Estamos a 30 kilómetros de San Salvador, a 30 de General Campos y a 30 de Zenón Roca”, nos recuerda. Con pavimento, esas distancias serían no más de 30 minutos, pero con los caminos de tierra o mala broza y el mal tiempo, el trayecto puede ser parte del turismo aventura.
Donde los caminos se encuentran
El Almacén Medina es mucho más que un comercio. “Las familias se reúnen. Los fines de semana, muchas veces, se juntan a jugar al fútbol. La gente viene y se encuentra en el almacén. La truqueada nunca falta y siempre hay una copa para compartir la charla”. Y sí, de eso se trata: de hablar. Muchos de estos hombres —sobre todo— tienen tareas donde el silencio es la principal compañía. Poder encontrarse y compartir una conversación vale tanto o más que una copa o una partida de truco.
Y hablando de truco, el juego de naipes tiene un premio tan singular como dulce para la dupla ganadora: una lata de durazno al natural, como para prolongar el grato momento. Pero, como alguien dijo, “el truco siempre da revancha y mañana será otro día”.



La paisanada llega casi siempre al atardecer, aunque algunos madrugadores pasan al mediodía para tomarse un aperitivo. “En invierno arrancamos a las 8 y seguimos hasta las 10 de la noche. En verano abrimos a las 7 y nos quedamos hasta las 11 o 12”, cuenta el joven almacenero.
¿Qué se toma? “Cerveza, vino, fernet con cola. Legui, Mariposa, Wishcola. Para la picada tenemos fiambres, de todo un poco. Pero en invierno hacemos salame colorado, chorizo blanco y morcilla”, dice, mientras comparte una picada de chacinados caseros para paladares exigentes.
¿Se anota en la libreta o se paga contado? Nicolás Medina se ríe. “Dale a la birome, me dicen. Acá sigue la libreta. Tengo buenos clientes”, asegura.
El lugar de cada uno
“Desde que terminé el secundario ya pensaba en estar en el almacén, me gusta mucho. Mi papá me ayudó; hicimos algunas remodelaciones para darle más comodidad”, relata el joven Medina, que cursó la primaria en la Escuela N° 45 Nicolás Avellaneda, continuó la secundaria en la Escuela N° 16, cerca de Chañar, y la finalizó en la Agrotécnica La Perla, cerca de General Campos. “Este es mi lugar”, afirma.



Ubicado en esa intersección de caminos alejados de las rutas principales, el boliche suele recibir los fines de semana a ciclistas que recorren kilómetros buscando su mejor forma o simplemente disfrutando de los paisajes rurales, de la soledad del campo, de la naturaleza que se expresa en un arroyo o de la fuerza de una máquina labrando la tierra.
El lugar de los Medina en el mundo está en Colonia La Mora: un punto en el mapa de Entre Ríos donde el paisano encuentra un refugio que se parece al hogar, donde el vino o el porrón forman parte de una ceremonia cotidiana que celebra la amistad, el encuentro y la vida que pasa rápido. Por eso y mucho más, el Almacén Medina —como reza el cartel blanco con letras rojas— es mucho, pero mucho más que un almacén de campo.
Guido Emilio Ruberto
Fotos facilitadas por Almacén Medina






